Julio
Cortázar, de su libro Final del Juego.
Una flor
amarilla
Pagué.
- Quisiera invitarle a otro trago
amigo. Usted me escucha atento, con una mirada casual y hasta penetrante. Lo es
aún más si viera algunas fotografías de nuestra infancia. Éramos iguales, tanto
en la fisonomía como en las artes. A mí me gustaba el fútbol, a él el
atletismo. En las competencias terminábamos obteniendo los mismos triunfos por
año de participación. En una ocasión terminaba
el año escolar, y salíamos a otros centros a competir. Ese mismo año mí equipo
quedó campeón, mientras él con su falta de práctica y con el dolor en su
tobillo no participó. Al siguiente año fue al revés, mientras él en un nivel
alto de capacidad atlética competía por el primer puesto, y lo obtuvo no lo
dude de ello, yo permanecía en casa recuperándome de otra lesión en mi otro
brazo ¿Cree usted que es una simple casualidad? Yo no lo creo, hay seres idénticos
que pueden permanecer unidos por siempre. Y no me siga mirando de esa forma, no
es una estupidez creer que la muerte llega de pronto, sin esperarla… sin
siquiera tenerla presente. Yo la espero, y creo que mi mayor convicción es
estar al lado de mi amigo, o mejor mi otro yo que soy yo mismo. Por favor no se
retire, acépteme una copa de vino.
Deseaba otra copa de vino. Aunque me pareció
imprudente decirle que ya me iría. La acepte, repito por no ser imprudente, además
quería escuchar en qué terminaba su relato fantástico de la inmortalidad, o por
lo menos de lo que puede coincidir después de subirse a un bus. El viejo mostraba
un tono de voz elocuente, con voluntad de credibilidad. A mi parecer las
coincidencias de su infancia lo trajeron a una compañía a mi lado. Deseé que
continuara con su historia. Siempre con una forma de pensamiento que acepta lo
que un anciano cuenta –siempre tienen argumentos para hacerlo-, a mi parecer
algo había en él que me agradaba sobremanera.
-Al ajedrez jugamos por largos
periodos de tiempo. Su ídolo era Bobby Fischer, coincidencia única entre los
dos. El mejor a mi parecer. Y digo que estas coincidencias no eran la de
encontrar a otro yo en otra persona, sino la acumulación de los mismos juegos a
lo largo de la vida. Ese aprendizaje que se adquiere en un arte. Luc, siempre venció a sus oponentes con las técnicas
del ajedrecista, y asimismo lo hacía yo. Al tratar de hacerlo en nuestras
partidas interminables nos encontramos con las mismas estrategias. Apertura con
caballo, salida con peón, alfil y enroque corto. Cuatro jugadas para tener al
rey protegido. Sin pensarlo a veces discutíamos sobre esta estrategia, y las
largas charlas se hacían cortas. Lo invito a mi casa a que lo intentemos, sería
agradable nuestro juego. A veces extraño a mi amigo de la infancia. Me es insólita
su muerte. Se la quiero contar sin más detalles. Solo una es de importancia:
terminaba de charlar con un amigo en un bar, como lo hacemos usted y yo, dicen
que los pactos entre amigos son más importantes que la vida misma, pero la que
hicimos mi amigo y yo fue sencillo; lo digo simplemente, acordamos que alguien
lo haría primero, después de tomarse una copa y despedirse de alguien que no conociera,
subiría a su cuarto y entre sus sueños se cortaría las venas. Algo trágico ¿no
lo cree?
Al escuchar estas palabras
solo pensé en la locura extrema de un anciano. Rápido terminé la copa de vino y salí de
inmediato. Su tono de voz era claro y hasta oscuro. Al día siguiente compre el periódico.
En la primera página encontré lo siguiente:
HOMBRE DE
SETENTA AÑOS SE SUICIDA EN SU CAMA. DEJA UNA CARTA EN LA QUE DICE QUE LO HIZO
POR UN PACTO DE AMISTAD
