domingo, 24 de mayo de 2015

Cuento

La mujer del prostíbulo

Ella era una mujer muy fea. No podía decir que fuera una fea de nacimiento, pero si era una mujer que exasperaba por su fisonomía. Media un metro con sesenta, chata y de cuerpo oblicuo. Al parecer, desde chica su rostro emulaba una antipatía y un desprecio hacia los demás. El color de su tez era oscuro, oscuro como el chocolate. Era una mujer de desprecio. No solo por su apariencia, sino porque era una prostituta. Algo, al parecer que la hacía diferente a la virtud de la belleza. Los hombres querían acostarse con ella y sentir su cuerpo, sus manos al tocar los penes y sus pezones en los pechos de los hombres. Algo atractivo, que a muchos hombres llamaba la atención. En varias ocasiones le vi, de lejos, porque la primera impresión nunca se me olvida. “Qué, niñito lindo, vas a entrar a solo quieres ver los culos de las viejas”, me dijo.

Atónito por su severidad en el lenguaje, solo le dije: “Tranquila, no quiero broncas”. Seguí de largo. No me importaba lo que dijeran de ellas. Solo estaba de paso. Solo su rostro me infringió una muestra extraña, una que ningún hombre puede escapársele: el sosiego de su alma. Era eso lo que su rostro me revelaba, sus largas jornadas de trabajo, sus cuerpos con un olor a loción de cinco mil, sus cuerpos sudados por el ajetreo de la cama y el olor acumulado entre sabanas y semen. Ella, una mujer con un cuero de modelo, con una moldura de cintura parecida al de una guitarra. Un mujer instrumento, le decían. No me importaba lo que dijeran de sus places en el sexo, solo que a mí no me atraía.


La conocí porque mi madre vendía empanadas en la calle alterna al puteadero del pueblo. Quería pensar que las mujeres tienen una visión del mundo muy diferente al de  los hombres. Ellos piensan que las mujeres se les puede tratar como se les dé la gana. O por lo menos eso pensaba de mi padre. Llegaba borracho a la casa los fines de semana y los escuchaba pujar hasta altas horas de la noche. Era mi madre la que lo soportaba. Yo tenía cuando eso unos doce años. Mi padre me hacía ayudarle a mi madre porque él decía que los hombres le ayudaba a las madres. A él le tocó ayudarle a su padre, unos veinte años atrás, cuando eso vivian en la finca y tenía que trabajar muy duro. Mi abuelo lo ponía a trabajar muchas horas y allí fue donde consiguió dinero para comparar una finca. Luego empezó a vivir de lo que cultivaba en ella, y de un momento para estos días mi madre se dio cuenta que el buscaba a otras mujeres y allí empezó la tragedia de mi casa. Luego, nos vinimos para el pueblo, nos entablamos en un cuchitril que habíamos conseguido y mi padre se volvió borracho y mujeriego. Luego mi madre consiguió que le dieran un puesto para vender empanadas en este lugar, que da asco y que tiene como siempre al lado de su madre a un niño mirón de viejas feas y siempre en minifalda.