viernes, 22 de agosto de 2014

Cuento


La abuela sin suerte


En las mañanas la abuela le daba de comer al gato. Sus ojos le miraban y le hacían brillar ese sarcasmo de amor, de inocencia y ternura. Su color era gris, y le encantaba la leche con pequeños trozos de galleta, que la anciana destrozaba mientras él comía. Era un animal muy sagaz, capaz de trepar las paredes y coger los ratones que se acercaban a la cocina. La abuela salía a recorrer los supermercados en busca de las mejores galletas con sabor a chocolate para su preciado amuleto, que en muchas ocasiones la ilusionaba con ganar la lotería. Todos los días jugaba el mismo número 666. Por la tierna ambición de ver sus bolsillos repletos de dinero. De regreso un día a su casa chisto a su preciado gatito que alegraba su vida. Sin embargo el gato no aparecía. ¡Balla sorpresa la de la abuela al no encontrar por ningún lado de su casa al bendito felino! Lo buscó en la sala, en la cocina, en el tejado, debajo de la cama y por ninguna parte. Esperó la noche para volverlo a llamar y el gato no aparecía por ningún lado. Al día siguiente avisó a sus vecinos y emprendió la búsqueda del animal. Se levantó muy de mañana y con una fotografía pago a los periódicos locales para dar una recompensa a la persona que lo encontrara. Gastó sus ahorros para informar a la radio. Pasó todo el día tratando de resolver este hecho. Al caer la tarde regresó a su casa y el gato se encontraba chillando por el hambre tan apremiante que tenía. Buscó las galletitas de chocolate para satisfacer el hambre del perdido. Recordó que había olvidado jugar al chanche. Se recostó en el diván de su sala y se quedó dormida. Soñó que era rica y que su gato la aruñaba el rostro con sus garras. Despertó tenue y con mucho frio en su cuerpo. Subió a la sala de su casa y de nuevo se quedó dormida. Al día siguiente prendió la radio para escuchar su música preferida, y en voz del locutor el número ganador del chance del día anterior: 666. Regresó a su cocina, cogió un cuchillo y llamó a su gato chistándolo. El gato vio en los ojos de la anciana una maldad fingida con cariño, y mientras le acariciaba la cabeza este se estremecía y gorgoneaba. En ese instante el cuchillo cruzo las costillas del animal y la sangre se deslizaba por la mano de la agresora, y con las garras el animal se aferraban al piso con gran estrépito lanzando un chillido abrupto.   







lunes, 7 de abril de 2014

Carta a Emma Bovary


Carta a Emma Bovary:

¿Qué hace que seas desdichada? No soporto verte sufrir de esa manera. Tú, una dama de alta categoría, una mujer de sentido profundo que ves la rosas del holocausto en tus manos, que juegas con el polen del olor de los hombres, con al margarita del jardín que crece en parís y que algún día pensé que llegarías al lado mío. Te buscó, me buscas…. ¿Qué buscabamos? El placer es una de las màs adictas confusiones del sentido de la vida, y buscabas una flor en el bosque a mi lado, una de tantas que desprendes al lado de tus amantes, de los que amaste en tus lecturas efímeras como arrancando los petalos de una margarita. Eras única… eras la mujer que cualquier lector desea, y tienes que perder la vida por una sencilla y mágica pasión…. ¿Veo tu rostro al lado de tu marido Charles? Lo veo, y siento curiosidad por verte junto a mi pecho como tantas y tantas tardes en desvelo al pie de la felicidad que puede experimentar un simple fiel lector. Haces sufrir a quien te creo heroína, a una simple niña que opodaste Berthe. Una niña solitaria en un mundo tan inhumano, tan impredecible como las gotas al llover, tan efímeras como el humo de un vicioso al absorber el cigarro y soplar el humo y verle hacer imágenes perdidas en el viento y el cosmos. Berthe, Berthe… quedas solitaria en un mundo, como lo es un ciego en un desierto o como lo es la mágica flauta de un artista que no desea que nadie le escuche, que nadie le vea o que nadie lo impulse a continuar en un sí, sol.... Emma… eras una mujer hermosa como ninguna otra ¿Dónde te buscare ahora que  has huido?  A veces creo que es sencillo morir. Morir es una condición humana. Inhumana en tu caso. Por ello, al lado de las palabras que te acompañan creo verte en el paraíso de los desdichados, allá donde solo viajan quienes nada tienen que hacer en la vida de los seres que viven y sufren. Si acaso eres una flor que pierde su olor, si acaso eres una lágrima de muchos que te ven sufrir, o si acaso están en algún otro lugar podría decirle que la fidelidad es una tragedia para tu caso. Si mi ego sufre es por verte partir tan triste, tan sin un lugar en donde se sienta la verdad de tu incomprensión con el mundo. Si como lector he de leerle y de sentir que eres la más fiel construcción humana que necesita el lector para escribirte después versos, y demás infames e ilusorias construcciones de la mente. Una y tantas de una que pueden serle útiles a cualquier individuo de la plebe, la burguesía o el hedonismo. Una sola, una tan sola en la cual mi alma signifique algo para ti, y para el placer que me brindas como protagonista de un mundo completo de inconformidad. A veces este hedor en mi línea recta de pensamiento me pregunta por Charles, él pobre. Un solo ser que te amaba, comprendía y confundía con la más fiel mentira del amor. De la aceptación. De ellas solo eras una migra llaga con la jugaban a morder, morder hasta verle la sangre fluir por los labios de sus labios al verle las cartas ante el vil retrato de una infamia. Una de tantas. Una sola. Como muchas que ven sufrir y ven la vida más cruel de la insatisfacción, de la mitigada e inconexa infelicidad. Por azares como los tuyos tu esposo es una torpeza para los hombres que aman de verdad. A ellos, a quienes se entregan enteramente a una mujer, como tú… ¿así lo ves sufrir? Emma…, Emma. Así eres, como muchas. Una mujer inconexa, una mujer que deseaba jollas… ¿Jollas para quién? Una perdida y vaga esperanza de poseer. Una ilusión del oro, esas son las jollas. ¿Para quienes desean lucirlas? Por ellos pereciste, por ellos te convertiste en una Mujer Insustancial, vaciá, hueca sin alma. Una mujer que pierde la dignidad pierde el deseo de ser, de alegrarse quien es, y posee esa vil luz de la mujer histérica, de la mujer que hace que todos mueran por él. En tus novelas no creo que representes el papel Marcela, ese papel de amor, de sosiego lleno de la llaga por la que Crisostomo muere. Por él, y por muchos más como Charles ves las locas ideas de la vida incomoda con la apatía de las Jollas, de las dinámicas del sentido de una mujer sin lucro, sin armonía. Eres un personaje. Sí. Seguramente. No de tantos y tantos, que la literatura nos place cada día en comprender, en sentir como una ilusión pasajera de la realidad. Una mujer. Que cualquier escritor se dignaría a subir a un altar. Así lo hizo Gustave Flaubert. Genial eres para él. Una dama de permanencia única en la historia. Una dama que se enorgullece la historia en ver luz, en dar alegría a la divina comedia de las letras. Si lees esta carta solo quiero que me respondas algo: ¿aún me amas…?