La abuela sin suerte
En las mañanas la abuela le daba de comer al gato. Sus ojos le miraban y le hacían brillar ese sarcasmo de amor, de inocencia y ternura. Su color era gris, y le encantaba la leche con pequeños trozos de galleta, que la anciana destrozaba mientras él comía. Era un animal muy sagaz, capaz de trepar las paredes y coger los ratones que se acercaban a la cocina. La abuela salía a recorrer los supermercados en busca de las mejores galletas con sabor a chocolate para su preciado amuleto, que en muchas ocasiones la ilusionaba con ganar la lotería. Todos los días jugaba el mismo número 666. Por la tierna ambición de ver sus bolsillos repletos de dinero. De regreso un día a su casa chisto a su preciado gatito que alegraba su vida. Sin embargo el gato no aparecía. ¡Balla sorpresa la de la abuela al no encontrar por ningún lado de su casa al bendito felino! Lo buscó en la sala, en la cocina, en el tejado, debajo de la cama y por ninguna parte. Esperó la noche para volverlo a llamar y el gato no aparecía por ningún lado. Al día siguiente avisó a sus vecinos y emprendió la búsqueda del animal. Se levantó muy de mañana y con una fotografía pago a los periódicos locales para dar una recompensa a la persona que lo encontrara. Gastó sus ahorros para informar a la radio. Pasó todo el día tratando de resolver este hecho. Al caer la tarde regresó a su casa y el gato se encontraba chillando por el hambre tan apremiante que tenía. Buscó las galletitas de chocolate para satisfacer el hambre del perdido. Recordó que había olvidado jugar al chanche. Se recostó en el diván de su sala y se quedó dormida. Soñó que era rica y que su gato la aruñaba el rostro con sus garras. Despertó tenue y con mucho frio en su cuerpo. Subió a la sala de su casa y de nuevo se quedó dormida. Al día siguiente prendió la radio para escuchar su música preferida, y en voz del locutor el número ganador del chance del día anterior: 666. Regresó a su cocina, cogió un cuchillo y llamó a su gato chistándolo. El gato vio en los ojos de la anciana una maldad fingida con cariño, y mientras le acariciaba la cabeza este se estremecía y gorgoneaba. En ese instante el cuchillo cruzo las costillas del animal y la sangre se deslizaba por la mano de la agresora, y con las garras el animal se aferraban al piso con gran estrépito lanzando un chillido abrupto.
En las mañanas la abuela le daba de comer al gato. Sus ojos le miraban y le hacían brillar ese sarcasmo de amor, de inocencia y ternura. Su color era gris, y le encantaba la leche con pequeños trozos de galleta, que la anciana destrozaba mientras él comía. Era un animal muy sagaz, capaz de trepar las paredes y coger los ratones que se acercaban a la cocina. La abuela salía a recorrer los supermercados en busca de las mejores galletas con sabor a chocolate para su preciado amuleto, que en muchas ocasiones la ilusionaba con ganar la lotería. Todos los días jugaba el mismo número 666. Por la tierna ambición de ver sus bolsillos repletos de dinero. De regreso un día a su casa chisto a su preciado gatito que alegraba su vida. Sin embargo el gato no aparecía. ¡Balla sorpresa la de la abuela al no encontrar por ningún lado de su casa al bendito felino! Lo buscó en la sala, en la cocina, en el tejado, debajo de la cama y por ninguna parte. Esperó la noche para volverlo a llamar y el gato no aparecía por ningún lado. Al día siguiente avisó a sus vecinos y emprendió la búsqueda del animal. Se levantó muy de mañana y con una fotografía pago a los periódicos locales para dar una recompensa a la persona que lo encontrara. Gastó sus ahorros para informar a la radio. Pasó todo el día tratando de resolver este hecho. Al caer la tarde regresó a su casa y el gato se encontraba chillando por el hambre tan apremiante que tenía. Buscó las galletitas de chocolate para satisfacer el hambre del perdido. Recordó que había olvidado jugar al chanche. Se recostó en el diván de su sala y se quedó dormida. Soñó que era rica y que su gato la aruñaba el rostro con sus garras. Despertó tenue y con mucho frio en su cuerpo. Subió a la sala de su casa y de nuevo se quedó dormida. Al día siguiente prendió la radio para escuchar su música preferida, y en voz del locutor el número ganador del chance del día anterior: 666. Regresó a su cocina, cogió un cuchillo y llamó a su gato chistándolo. El gato vio en los ojos de la anciana una maldad fingida con cariño, y mientras le acariciaba la cabeza este se estremecía y gorgoneaba. En ese instante el cuchillo cruzo las costillas del animal y la sangre se deslizaba por la mano de la agresora, y con las garras el animal se aferraban al piso con gran estrépito lanzando un chillido abrupto.
