miércoles, 25 de septiembre de 2013


La poeta perdida
Nadie quiere ser poeta en el siglo XXI. Quizás una razón sea porque ya los poemas no se venden, o porque son aburridos por tantas imágenes que hablan por sí solas, o por tantas tarjetas  Zea que existen y que son de preferencia en esta época donde la imagen cobra un mayor sentido que un intelectual poema.

Por estás y otras muchas razones como el uso de la internet los poemas ya no gustan tanto. El escritor avesado lo sabe, y por ello deberá buscar una forma diferente para construir su rima o su arte mediante el trabajo de la escritura. Una novela por ejemplo, o un libro de cuentos, artículos para una revista u otro tipo de creación literaria.

Y de ello hablaba con una amiga mía. Ella me decía: "no tiene sentido escribir si la única razón es no ser leído por alguien". Yo le argumente que los poemas son más bien cargas emotivas, que le hablan a quién siente algún sentimiento que lo  conmueva en sus penas o deseos ante otra persona (claro debía convencerla de algún modo en el placer de la escritura).

El caso es que en aquél momento salimos a la mesa del comedor y me mostró una silla, larga,  de madera en la que se sentaban varios estudiantes a la hora del recreo, y además, en la cual había un fragmento escrito por una estudiante. De tal manera que quién se sentaba allí podía leerlo fácilmente. Sin conocer al creador lo leí de corrido:


        Yo te amo...

             y no te imaginas

                      Cuánto

                       daría por qué

                                  fueras feliz

                                             a mi lado.


Valla sorpresa al terminar. ¡El texto me pareció la maravilla en ese instante! Se lo dije a mi compañera: Sencillo, claro, sin rodeos y da claridad de lo que expresa. Tal vez los inicios de una carga emotiva en la expresión literaria.

Mi amiga creyó simplemente que era caótico escribir encima de la mesa. Claro, la razón la tenía porque ella era profesora de primaria. Debe corregir cualquier falta de sensatez o de mala conducta. Sin embargo yo le dije: “Amiga, ¿es posible encontrar a su creadora? Si la encontramos, seguro tendremos una gran escritora”.

Y lo más curioso es que quiénes se sientan a comer en las horas del descanso les encanta leer ese escrito, y aunque nadie conoce su verdadera autoría, seguro todos si dicen que puede ser una inspiración de alguien que  le gusta escribir.