La
viuda de Montiel. Gabriel García Márquez
-¿Cuándo
voy a morir?
La
Mama Grande levantó la cabeza.
-Cuando
te empiece el cansancio del brazo.
Montiel, tenía un brazo
descomunal, capaz de levantar a un elefante. Claro, era simplemente una idea,
pues después de tantas guerras vividas en el ejército lo único visible en su
pensamiento era curarse de una especie de rasquiña incesante que le recorría
desde el hombro, bajaba el antebrazo y terminaba en su dedo meñique.
El médico le había
indicado reposo absoluto, y tan solo la Mama Grande le decía que con agua de
sidron se le podía calmar.
Cabe recordar que
durante su ejercicio diario en la guerra derrotó a varios enemigos con solo
golpearlos. Un día se le acercó Pedro Campes, hombre guerrido y terrorífico entre
las guerrillas del oriente. Había causado la iriente muerte de toda la
población de Macondo, entre ellos a varios niños. Todos los altos comandantes
del ejército lo buscaban por su gran
sagacidad, habilidad en la guerra y contrincante sin miedo a la piedad. Al
encontrarse con Montiel, el guerrillero quiso enfrentarlo sin armas. Montiel
conociendo su adversario dudó por un instante en perder la batalla, o quizás en
que su brazo no le sería útil como ahora lo está, pero agarró un palo para disimular,
en su otra mano el puño en alto. Y Pedro hizo lo mismo. El primero en
desenvainar el garrotazo fue Montiel, y Pedro esquivando. Lo intentó después el
guerrillero y el escudo del brazo fue el soslayo que estrelló el golpe con la
mano de Montiel haciendo astillas inundadas de polvo por los aires.
Inmediatamente pidió auxilio al de la mano descomunal. Pero Montiel asombrado
por la venganza lo golpeó en la barriga, que inmediatamente lo traspasó al otro
lado coagulando la sangre por los alrededores de la selva. Llevó el cadáver a la
guarnición de su tropa, y todos le hicieron honores por la batalla.
-Será que alguien te
hizo brujería –Le decía Mama Grande.
A lo mejor eso era lo
que le estaba pasando a Montiel. Y nunca antes había perdido su fuerza descomunal
en el brazo. Ni mucho menos cuando derrotó aquél hombre. Lo que él si sabía por
medio de la experiencia es que el brazo nunca tenía la energía necesaria en los
días de luna llena. Y por eso siempre
que la tropa salía a la guerra – como lo fue hace varias horas- él decía que
tenía una especie de rasquiña incesante, que le dejaba un cansancio enorme en
su mano, y que no le era posible acompañarlos.