jueves, 31 de octubre de 2013

Final del Cuento.


La viuda de Montiel. Gabriel García Márquez

-¿Cuándo voy a morir?

La Mama Grande levantó la cabeza.

-Cuando te empiece el cansancio del brazo.

Montiel, tenía un brazo descomunal, capaz de levantar a un elefante. Claro, era simplemente una idea, pues después de tantas guerras vividas en el ejército lo único visible en su pensamiento era curarse de una especie de rasquiña incesante que le recorría desde el hombro, bajaba el antebrazo y terminaba en su dedo meñique.

El médico le había indicado reposo absoluto, y tan solo la Mama Grande le decía que con agua de sidron se le podía calmar.  

Cabe recordar que durante su ejercicio diario en la guerra derrotó a varios enemigos con solo golpearlos. Un día se le acercó Pedro Campes, hombre guerrido y terrorífico entre las guerrillas del oriente. Había causado la iriente muerte de toda la población de Macondo, entre ellos a varios niños. Todos los altos comandantes del ejército lo buscaban por su  gran sagacidad, habilidad en la guerra y contrincante sin miedo a la piedad. Al encontrarse con Montiel, el guerrillero  quiso enfrentarlo sin armas. Montiel conociendo su adversario dudó por un instante en perder la batalla, o quizás en que su brazo no le sería útil como ahora lo está, pero agarró un palo para disimular, en su otra mano el puño en alto. Y Pedro hizo lo mismo. El primero en desenvainar el garrotazo fue Montiel, y Pedro esquivando. Lo intentó después el guerrillero y el escudo del brazo fue el soslayo que estrelló el golpe con la mano de Montiel haciendo astillas inundadas de polvo por los aires. Inmediatamente pidió auxilio al de la mano descomunal. Pero Montiel asombrado por la venganza lo golpeó en la barriga, que inmediatamente lo traspasó al otro lado coagulando la sangre por los alrededores de la selva. Llevó el cadáver a la guarnición de su tropa, y todos le hicieron honores por la batalla.

-Será que alguien te hizo brujería –Le decía Mama Grande.

A lo mejor eso era lo que le estaba pasando a Montiel. Y nunca antes había perdido su fuerza descomunal en el brazo. Ni mucho menos cuando derrotó aquél hombre. Lo que él si sabía por medio de la experiencia es que el brazo nunca tenía la energía necesaria en los días de luna llena.  Y por eso siempre que la tropa salía a la guerra – como lo fue hace varias horas- él decía que tenía una especie de rasquiña incesante, que le dejaba un cansancio enorme en su mano, y que no le era posible acompañarlos.