jueves, 19 de diciembre de 2013

Final de cuento


 

Julio Cortázar, de su libro Final del Juego.

Una flor amarilla

Pagué.

- Quisiera invitarle a otro trago amigo. Usted me escucha atento, con una mirada casual y hasta penetrante. Lo es aún más si viera algunas fotografías de nuestra infancia. Éramos iguales, tanto en la fisonomía como en las artes. A mí me gustaba el fútbol, a él el atletismo. En las competencias terminábamos obteniendo los mismos triunfos por año de participación.  En una ocasión terminaba el año escolar, y salíamos a otros centros a competir. Ese mismo año mí equipo quedó campeón, mientras él con su falta de práctica y con el dolor en su tobillo no participó. Al siguiente año fue al revés, mientras él en un nivel alto de capacidad atlética competía por el primer puesto, y lo obtuvo no lo dude de ello, yo permanecía en casa recuperándome de otra lesión en mi otro brazo ¿Cree usted que es una simple casualidad? Yo no lo creo, hay seres idénticos que pueden permanecer unidos por siempre. Y no me siga mirando de esa forma, no es una estupidez creer que la muerte llega de pronto, sin esperarla… sin siquiera tenerla presente. Yo la espero, y creo que mi mayor convicción es estar al lado de mi amigo, o mejor mi otro yo que soy yo mismo. Por favor no se retire, acépteme una copa de vino.

 

Deseaba otra copa de vino. Aunque me pareció imprudente decirle que ya me iría. La acepte, repito por no ser imprudente, además quería escuchar en qué terminaba su relato fantástico de la inmortalidad, o por lo menos de lo que puede coincidir después de subirse a un bus. El viejo mostraba un tono de voz elocuente, con voluntad de credibilidad. A mi parecer las coincidencias de su infancia lo trajeron a una compañía a mi lado. Deseé que continuara con su historia. Siempre con una forma de pensamiento que acepta lo que un anciano cuenta –siempre tienen argumentos para hacerlo-, a mi parecer algo había en él que me agradaba sobremanera.

 

-Al ajedrez jugamos por largos periodos de tiempo. Su ídolo era Bobby Fischer, coincidencia única entre los dos. El mejor a mi parecer. Y digo que estas coincidencias no eran la de encontrar a otro yo en otra persona, sino la acumulación de los mismos juegos a lo largo de la vida. Ese aprendizaje que se adquiere en un arte.  Luc, siempre venció a sus oponentes con las técnicas del ajedrecista, y asimismo lo hacía yo. Al tratar de hacerlo en nuestras partidas interminables nos encontramos con las mismas estrategias. Apertura con caballo, salida con peón, alfil y enroque corto. Cuatro jugadas para tener al rey protegido. Sin pensarlo a veces discutíamos sobre esta estrategia, y las largas charlas se hacían cortas. Lo invito a mi casa a que lo intentemos, sería agradable nuestro juego. A veces extraño a mi amigo de la infancia. Me es insólita su muerte. Se la quiero contar sin más detalles. Solo una es de importancia: terminaba de charlar con un amigo en un bar, como lo hacemos usted y yo, dicen que los pactos entre amigos son más importantes que la vida misma, pero la que hicimos mi amigo y yo fue sencillo; lo digo simplemente, acordamos que alguien lo haría primero, después de tomarse una copa y despedirse de alguien que no conociera, subiría a su cuarto y entre sus sueños se cortaría las venas. Algo trágico ¿no lo cree?

Al escuchar estas palabras solo pensé en la locura extrema de un anciano. Rápido terminé la copa de vino y salí de inmediato. Su tono de voz era claro y hasta oscuro. Al día siguiente compre el periódico. En la primera página encontré lo siguiente:

HOMBRE DE SETENTA AÑOS SE SUICIDA EN SU CAMA. DEJA UNA CARTA EN LA QUE DICE QUE LO HIZO POR UN PACTO DE AMISTAD
 
 

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