lunes, 23 de abril de 2018

Miguel de Cervantes Saavedra VS William Shakespeare


Miguel de Cervantes Saavedra VS William Shakespeare


Introducción

Inicio el presente escrito colocando en una especie de balanza por medio del título: Miguel de Cervantes Saavedra VS William Shakespeare. Primero porque sin dudarlo Miguel de Cervantes fue el más grande escritor de Lengua Castellana, y aunque otras personas piensen lo contrario, en el camino literario (no siempre son acertados), en una tierra distante, reaparece uno de los escritores que tendría la dicha de morir el día en el cuál nació el anterior; y como todas las casualidades de la vida quienes leemos gozamos de los placeres de encontrar cuadros semejantes en distantes proximidades, cuando las coincidencias son fechas de alegría o de tormento, ya que los tormentos se dan con fechas exactas también, como cuando coinciden la tristeza y el amor o cuando coincide la muerte de un anciano con el nacimiento de un niño, entonces nace la escritura. 

No alarguemos, pues esta presentación, de tan bellos placeres de juntar a dos maestros de las letras en un mismo escenario literario.

 

El  primer grande escritor de Lengua Castellana se llama Miguel de Cervantes Saavedra

Recuerdo con alegría cuando estando una tarde sumergido en la más aberrante lectura del escritor Español Miguel de Cervantes Saavedra, del libro El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, del capítulo trece, donde El Loco de Quijano, conoce la historia de Grisóstomo, quién ha muerto de amor por la lasciva Marcela.

Grisóstomo es un estudiante de derecho que regresa a Sevilla. Allí vive Marcela. Una mujer que lidera sus tierras y enamora a todos los pastores por su belleza y sus aires de mujer independiente. Grisóstomo cree que Marcela es el amor de su vida y perdidamente le demuestra su amor. Pero el amor cuando no es correspondido es adverso a los sentimientos. Y ello era lo que no comprendía Grisóstomo.

Así toma la palabra El Quijote de la Mancha, el Caballero de la Triste Figura, para aconsejar a uno de los personajes de la obra:

“Así que, señor Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos cumpláis como indiscreto, antes haced, dando la vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo en los tiempos que están por venir a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despeñaderos; que ya sé yo y los que aquí venimos la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra y la ocasión de su muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida: de la cual lamentable historia se puede sacar cuanta haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les pone.” (Cap. 13).

 

Los capítulos siguientes de la historia son más que elocuentes, ya Grisóstomo habla por medio de las cartas que tienen en su poder el señor Ambrosio, y entonces se junta una infinidad de elocuencia en la palabra de don Quijote, que a su vez de estar loco lo está más cuerdo que un sacerdote para dar consejos de aventura y de libre pensamiento. 

 

Observemos unos breves versos del enamorado que ha muerto, y que solo de él quedan las palabras de su deseo:

"Si por dicha conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas,
que no quiero que en nada satisfagas
al darte de mi alma los despojos.

Antes con risa en la ocasión funesta
descubre que el fin mío fue tu fiesta.
Mas gran simpleza es avisarte desto,
pues sé que está tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, es tiempo ya, del hondo abismo
tántalo con su sed, Sísifo venga
con el peso terrible de su canto." (Cap. XIV).

 

Podemos afirmar que la obra de Miguel de Cervantes goza de una exclusividad de recursos retóricos usados en la novela como elementos contundes y de gran rigor. Esta historia de Grisóstomo no hace parte de la locura del Quijote, pero a su vez se incluye dentro de una historia dentro de una historia. Algo de los elementos más usados por los surrealistas.  Y esta característica es la fascinación de la obra del más grande escritor de Lengua Castellana. La cantidad de historias reflejadas dentro de la historia principal, y de la cual goza de su mayor amplitud en la creación literaria actual.


No es lícito que el creador del psicoanálisis Sigmund Freud decida aprender a leer en Español, todo con la única manera de atreverse a indagar en lo profundo del inconsciente humano, a saber: la locura del personaje. En tal sentido, el escritor de Viena Freud, decidió en su empeño sacrificar largas horas de estudio a la obra Cervantina, y de tal manera a leer la obra en su idioma original. Algo sin duda apoteósico, porque la obra de Cervantes no son cien páginas ni doscientas. Sino al rededor de unas 1.000 páginas variando la edición. Y Freud lo hizo con la única forma de análisis en dicha obra.

Terminado de decir lo anterior. Pasemos ahora el siguiente autor, muerto en la fecha del nacimiento del anterior, a saber el escritor William Shakespeare.

 Un lector empieza  a leer el Hamlet del escritor Wiliam Shakespeare y cree que se encontrará con las obras Griegas, que son un tanto arcaicas, llenas de matices alejados de la realidad y de retoricas incomprensibles, y por tanto en algunos casos suelen ofrecer algunas dificultades para comprenderlas en lectores principiantes. Se debe leerlas como dice Estanislao Zuleta, con las Tres transformaciones. Sin embargo, la obra de Hamlet es entretenida y a su vez persuasiva, llamativa hacía una inducción del goce humano literario y que goza de un prestigio psicológico de alto nivel. Siempre que se regresa a ella se pueden observar esos matices que atrapan al lector por sus múltiples elocuencias y recursos persuasivos como lo diría Mario Vargas Llosa.

La obra empieza con el referente apelativo de Bernardo, quién observa a Francisco y le dice: ¿Quién está ahí? Y este le responde: - No, respóndame él a mí. Deténgase y dígame quién es usted.

Estas frases van a  suponer lo que el libro estará elucidando, a través de pasajes y de recursos descriptivos de los personajes, la frase tan llena de sentidos filosóficos “Ser o no ser, esa es la cuestión”.

No es vital que se describa la famosa frase como tantas veces se ha hecho. Pero si que se relacione con el sentido que tiene en la adquisición de la personalidad de una persona. Se quiere ser alguien en la vida, es la virtud del ser. Pero se tiene la fiel desventaja de no serlo. Allí cae bajo el sentido de miedo, de la culpa, si se le pude nombrar así. Y también, esa es la cuestión. Querer ser alguien o no quererlo porque los miedos no nos dejan. Tan solo esa es la forma en la cual debemos atravesar la vida misma. Querer ser alguien o algo en la vida y la misma transversión del sentido mismo de la vida. Esa, en definitiva, es realmente la cuestión que nos deja William Shakespeare para quién lee su obra y la interpreta desde un punto de análisis.

Alejados de una misma interpretación cada persona podrá hacer una interpretación diferente. Vuelvo a repetir el caso de las múltiples interpretaciones de los filósofos, quiénes dan su fe desde el sentido de una doctrina, y tal vez en este sentido, yerran de una propia interpretación. Nombrar a los personajes de la obra Cervantina como títeres de la retórica estructuralista de los analistas franceses, como lo fue Gerade Gennet, quién sin saberlo Cervantes gozaría de las famosas Prolepsis y Analepsis en el juego literario de Cervantes y de Shakespeare.

Sin dudarlo, los pasajes del libro Shekesperiano son bellos  por su gran significación ahora en el siglo XXI. Observemos u pasaje en el cual dos soldados están en la alta noche discutiendo frente a una sombra vista, la cual  al parecer se asemeja a la de su rey muerto. Tal es la vicisitud de los dos personajes, que hablan sin medir la profundidad de sus palabras:

MARCELO.- Ahora bien, sentémonos (10) y decidme, cualquiera de vosotros que lo sepa; ¿por qué fatigan todas las noches a los vasallos con estas guardias tan penosas y vigilantes? ¿Para qué es esta fundición de cañones de bronce y este acopio extranjero de máquinas de guerra? ¿A qué fin esa multitud, de carpinteros de marina, precisados a un afán molesto, que no distingue el Domingo de lo restante de la semana? ¿Qué causas puede haber para que sudando el trabajador apresurado junte las noches a los días? ¿Quién de vosotros podrá decírmelo? (Segundo acto).

Sobre este temor infernal se somete la palabra. La palabra no dicha. La palabra escondida. La palabra que buscaba Freud en Cervantes, el inconsciente del cuál se somete la sublimación del yo presente. No la ya hiriente garra de la vil y deslumbrante imagen que nos somete. Sino, además, la de vital y sosegada influencia sobre nuestros acontecimientos. Somos sometidos por el miedo, incluyendo los miedos a los que no tenemos forma de controlarlos. A ellos estamos sometidos, ya por nuestra propia vida o por nuestros propios sentidos. Y a ellos perecemos. Y el libro nos muestra esta actitud. Por eso cuando afirmo que Cervantes es un gran creador de historias no yerro. Y a su vez afirmo que William Shakespeare es un gran creador de sentidos ocultos. Su escritura va a un plano más profundo, más psicológico. Y por eso identificamos una gran influencia psicológica la escritura de los dos maestros.

  No cabe duda alguna al decir que las interpretaciones a la famosa frase “Ser o no ser, ésta es la cuestión” son diversas y en la mayoría de los casos admisible para un mundo en guerra y en desprecios humanos. El escritor escribe porque necesita contar algo, y de esta forma nos narra como la vida misma supone la transformación de los movimientos del ser, de las acciones de nuestros pensamientos, de las ínfimas traiciones de nuestro propio existir. Y en esa medida, somos seres que andamos buscando el ser o no el no serlo. Ante ello, somos seres en una búsqueda total de algo que nos satisfaga y nos haga sentir que ella es la cuestión que buscamos. Ser o no ser, ésta es la cuestión.

 

Termino con un abstracto, del libro, para afirmar esto que vengo exponiendo del ser. Se encuentra en la escena IV, y es Hamlet quién la pronuncia:

 

“Hamlet: Ser o no ser, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más

digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número,

patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que

deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga.”(Acto IV).

 

Algunas veces he querido estar muerto. Tal vez sea un sueño. Y en ese sueño de estar muerto, me encantaría, si es verdad eso de que todos los muertos caben en el cielo o en el infierno, de encontrarme con éstos dos escritores. Solo para conversar y quizás para admirarlos en tan grandes ejemplos de la escritura misma.

Para último,  acepto la vasta manía de la crítica, la cuál es mayor a mis conocimientos de tan altas obras, de las cuáles invito a leer con mucho ahínco y empeño, y en los casos de volver a releerlas recomiendo siempre la Segunda parte del Quijote, la cuál me parece su alto sentido literario, y a William Shakespeare, siempre el Hamlet como una instrospección de la famosa frase Aristótelica: conocete a ti mismo.

 

Raúl Andrés Ocampo Botero.

 

Licenciado en Lengua Castellana y Literatura.

Imágenes:

Izquierda, Miguel de Cervantes Saavedra: Manuel Wssel de Guimbarda (Trinidad de Cuba, 26 de noviembre de 1833- Los Molinos (Cartagena), 9 de mayo de 1907).

 

Derecha, William Shakespeare:  Retrato de David Garrick posando como Ricardo III y pintado por William Hogarth en (1745).

 

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